viernes, 1 de febrero de 2019

PIEDRA







Estos días de atrás había soplado el viento. Ese viento loco y desordenado del invierno alteraba mucho a Piedra, mi gato pardo.

Piedra gustaba de escaparse y esconderse en lugares desordenados como el viento, y taciturnos como él. Me hacía salir en medio de la borrasca, casi anocheciendo, vagar a ciegas como una loca tonta, con una linterna ridícula en la mano izquierda que nunca tenía la pila suficiente.
"Habría sido mejor una vela"...pensé yo, agudizado mi ingenio por la adrenalina del momento: los búhos chillando en su ritual blanquecino y silencioso, los crujidos inconclusos del pasado que regresaban para vengarse, y ese remolino atormentado que amontonaba la hojas desechas delante de los ojos. Evidentemente, una vela habría sido una pésima idea; de una tonta loca. Quizás un candil...O quizás debería comenzar a entrenarme para eso que me contó Pablito que hacía: veía de noche tan bien cómo de día, como un gato sin serlo, veía incuso con los ojos cerrados. Por eso podía moverse con soltura en las madrugadas de enero y pecar. Robar algún rastrillo, algún caldero, ropa...puede que algún chorizo bien curado ya, si hilaba fino para escamotearse entre los huecos de las casas de los ricos. Él decía que la oscuridad le llamaba y acudía a su encuentro. Que los animales nocturnos le conocían y le servían de coartada.
Entre tanto yo  había tropezado ya tres veces, me había ortigado y se me había enganchado la chaqueta en unas ramas ariscas de los rosales secos de la esquina. Ahora Pablito tendría que volver a pecar, y robarme otra. "Eres una loca más tonta".me decía riéndose bajito.

Ahí estaba. Sentado como un marqués entre las piedras que quedaban de las cuadras del abuelo. El abuelo era muy listo. Hacía negocios, vendía y compraba minas, y no le hacía falta pecar nunca. Ni siquiera iba a la iglesia, por eso. Y el cura se lo perdonaba, pues era un santo. Al morir nos dejó su casona de piedra a Pablito y a mí, los únicos sobrinos que tenía, aunque  le llamábamos abuelo,porque no habíamos tenido padres.Y unas cuantas perras que habíamos guardado bien para que no nos tentara el diablo que, como decía el abuelo, estaba siempre acechando. Algún día, con ese dinero, nos iríamos a ver América. A Pablito le hacía mucha ilusión; a mí me daba un poco igual, pero todas las buenas ideas eran de Pablito. Así que iríamos juntos, Piedra también, sobrevolando un mar que nunca habíamos visto. Y buscaríamos entonces algún hogar de piedra, eso sí, que era lo que decía el viejo que duraba siempre y no había que limpiarla, ni pintarla, ni cambiarla.

Piedra se quedó quieto un rato mirándome, a ver  si yo le veía. Cuando me acerqué a él, se aburrió, y dejó que le cogiera en brazos. Pesaba muy poco, era un saco de huesos, como yo. Los dos nos arrastramos a tientas de regreso a casa, la linterna seca de luz en la mano izquierda y Piedra en el brazo  derecho. Aún soplaba más fuerte, pero pronto volveríamos a estar delante del fuego, juntos, esperando el alba.