viernes, 17 de abril de 2020

VENTANAS













"Una sombra en la ventana mira otras sombras; parecen cosas. Una silueta con forma de alguien respira apoyada en el alféizar blanco y frío, formando el único cuadro de la única sala de esta noche.
Me miran las cosas, parecen sombras.
Y ya no huelo a dentro. Huelo a fuera y al humo de la leña que ya ardió. 
Un recuerdo huérfano cobijado bajo el canto inmaculado del autillo. Soy lo que pasó. Las flores que  ya no tapizan la maceta, cada gato que no ha vuelto.
Arriba brilla una estrella muerta. Abajo, la luz de las farolas se ahoga en los charcos escuálidos de enfrente. Y ya no llueve. " (Nocturna)





Mi última entrada parece hoy una premonición, aunque ahora sí llueve, y yo no creo mucho en premoniciones. Y no ha dejado de llover.
Recuerdo que, no hace tanto, fui a dar un paseo por mi ciudad, de esos paseos que lo son, cuando no vas a ningún sitio. Estaba yo ese día decepcionada por algo, no recuerdo qué; hacía sol, la calle estaba llena de gente contenta. Pero de repente, todos me parecieron cadáveres. Y todos tan iguales. Muertos viviendo. Trozos de carne, piel, pelo, vísceras...Cosas, casi. Se mueven, pero no hacia algún lugar, se ríen pero de nada. Hablan y hablan, hacen gestos, portan bolsos, llevan compras, comen helados. La larga avenida abarrotada me pareció de golpe un cementerio inmenso. No sé porqué pensé eso, y me preocupó, pero al mismo tiempo, una extraña sensación de calma  alivió mi pena. Luego, lo olvidé. Hasta hoy.

Después, pasó todo. Aún estoy asimilando qué es lo que ha ocurrido en eso que llamamos realidad, buscando un porqué al cómo, al dónde, intentando que el peso de todas esas preposiciones no me hunda del todo; que no me abandonen también todas las palabras, aferrarme a tan solo una que se haya quedado cerca.
 Uno de mis consuelos son las flores. Parece que lloren conmigo, aunque sé que sólo son unas pocas y audaces gotas de lluvia que han huido hacía unos pétalos. Sus colores y su escandaloso silencio me distraen de tanto ruido, de tantos muertos, y de tantos muertos vivientes tan iguales.

El otro día soñé: 

Que salía, por fin. En la calle había solo perros y niños. Solos. Y yo, por supuesto. Me parecieron tan vivos, y había tanta luz...
Me habían dado un permiso especial las autoridades por "riesgo grave de locura", ponía el papel. "Si pasaba un guardia y me preguntaba qué hacía allí, tendría que enseñárselo", me dijeron. Al fin y al cabo sólo llamé a la policía porque había un grupo en el patio, de noche, sin mascarillas ni nada, reunidos, y comiéndose la comida que, yo, había tirado a un gato. Qué más da si eran babosas, o no eran babosas...Era un grupo y sin distancia de seguridad. Menos mal que en vez de regañarme o multarme, esos cabales y atentos  agentes me dieron ese certificado. Sellado y todo.
Yo paseaba orgullosa con mi papelito, bien guardado en un bolsillo, entre todos esos perros y todos esos niños, imaginándome historias de espías y salvoconductos, de callejones estrechos y farolas a medio gas, de contraseñas...algo sobre lo que escribir cuando volvieran las musas.
"Escribe, escribe...", me decían. Pero las musas habían muerto. No quería decírselo, les contaba alguna mentira piadosa..."sólo están en cuarentena, volverán; no os preocupéis. Hay respiradores para todas, y aún son jóvenes...". Y se lo creían. Me daba pena decirles que la verdad. Que se ahogaban, que todas eran muy ancianas, tanto como su estirpe. 
A la hora del aplauso y las canciones de verbena nos escondíamos a casa. Los perros, los niños y yo. Llevábamos todos un ramito pequeño de flores silvestres amarillas que habíamos cogido para los que no podían salir. No las desinfectábamos, eran inmunes. Y cuando se marchitaban, en vez de tirarlas a la basura, con mucho cuidado, las tomábamos en las manos y desde las ventanas, las lanzábamos al viento, que esparcía su polen y sus pétalos dorados, y las mirábamos volar y volar como pájaros hacia ese mundo vacío y lluvioso. "Por si algún día".







**TE ECHO DE MENOS