miércoles, 15 de noviembre de 2017

LO SALVAJE







A excepción de las dificultades con Collie, todo lo demás iba perfectamente para Colmillo Blanco. Sabía dominarse, había conseguido cierto sereno equilibrio en sus actos y conocía a fondo los mandatos de la ley. Se hizo grave, sosegado y filosóficamente tolerante. No vivía ya en un medio hostil en el que lo amenazaban constantemente los peligros, la perspectiva de algún daño o de la muerte. Con el tiempo, lo desconocido, aquel fantasma terrorífico que anunciaba males inminentes, se había desvanecido. La vida era ahora cómoda. Se deslizaba suavemente, sin tropezar con escollos. Una cosa echaba de menos, sin darse cuenta de ello: la nieve. De haber sido capaz de formular sus ideas, hubiera dicho de aquel clima que era un verano que se prolongaba más de lo debido; pero lo único que en realidad le faltaba a él allí, de un modo vago, inconsciente, era la nieve. Durante el calor del verano, cuando el sol llegaba a molestarlo, sentía cierta vaga nostalgia, cierto anhelo, de las tierras del norte. No le producía esto, sin embargo, otro efecto que el ponerlo inquieto, agitado, sin saber lo que le pasaba. Colmillo Blanco nunca había sido muy comunicativo. Aparte de su costumbre de arrimarse al amo, apretándose contra su cuerpo, o de poner una nota especial y culminante en un gruñido, no tenía otro modo de expresar su cariño. Siempre le había impresionado grandemente la risa de los hombres, que lo enloquecía, lo sacaba de tino de puro encolerizado; pero cuando el que se reía de él era su amo, que lo hacía bondadosamente, sin mala intención, solo como un juego, entonces él no era capaz de enojarse, sino que se quedaba desconcertado, confundido. Por un lado sentía el aguijón de la rabia, que también conocía; pero por otro sentía amor. Era un resentimiento que luchaba con el anterior a brazo partido y refrenaba su ira. Pero algo tenía que hacer él. Al principio optó por mantenerse muy digno y serio, y el amo se reía aún más entonces. Exageró su seriedad, y el otro exageró la risa hasta un punto que daba ya al traste con todo esfuerzo para mantener la gravedad. Entonces se separaron un tanto sus quijadas, se le encogieron un poco los labios, y una expresión burlona, que tenía más de cariñosa que de regocijada, apareció en sus ojos. El animal acababa de aprender a sonreír. De parecido modo aprendió también a juguetear con su dueño, a dejar que este lo derribara y lo hiciera rodar por el suelo, convirtiéndolo después en víctima de innumerables bromas. En justa correspondencia, él se fingía entonces presa de una cólera terrible. Gruñía y, con los pelos erizados, lanzaba al aire dentelladas que parecían manifestar la más maligna intención. Pero de ahí no pasó nunca, no olvidando ni por un momento con quién fingía pelearse. Al fin, cuando más arreciaban los golpes, los simulados mordiscos y los gruñidos, amo y perro se separaban de pronto y se quedaban mirando simulando estar indignados y furiosos. Y entonces, repentinamente también, como si surgiera el sol sobre un mar tempestuoso, comenzaba la risa de ambos. Al final, el amo le lanzaba los brazos al cuello a Colmillo Blanco, mientras este entonaba con sus especiales gruñidos lo que para él era un canto de amor, lo que constituía la felicidad de la nueva era de su vida. Lo que el amo hacía no se atrevió nunca a realizarlo nadie más. Colmillo Blanco no se lo hubiera permitido. Si lo intentaba alguien, él se quedaba muy digno y reservado, y su gruñido amenazador era claro anuncio de que la cosa iría esta vez de veras. Que él le permitiera a su dueño tales libertades no significaba que estuviera dispuesto a convertirse en un perro vulgar que ponía instintivamente su cariño en todos, o que iba a convertirse en una propiedad común para que con él jugaran y bromeasen. En su corazón no cabían tantos, sino solo uno, y se negaba en redondo a tal rebajamiento de su dignidad o de su amor.

"Colmillo Blanco"
JACK LONDON 






A CRIS