miércoles, 4 de enero de 2017

NÁCAR









Bien entrada la noche. El viento levanta las hojas en un remolino que dobla la esquina. Como un vampiro lánguido, vuelve a recorrer la calle, susurra en las rejas de los balcones, tropieza con las puertas cerradas. Pero no es ciego, sólo está loco.
Y como un loco la busca. Entre las ramas espinadas del parque, sobre los bancos vacíos, en la escarcha de la fuente y bajo la penumbra de las farolas dormidas . Busca un destello blanco, nacarado, un reflejo de satén. 
Se para y escucha entre los aullidos de los perros abandonados, entre el vuelo  intermitente del murciélago y el chillido del cárabo. Y embiste de nuevo, bramando, expandiendo su rugido en una exhibición sobresaliente de su fuerza.
El viento de enero está loco. De amor por ella y de celos de la noche. Pero no es ciego, y en el alféizar irisado de su ventana al fin la encuentra, como cada alba. Como una perla atrapada en una espina; y se calma y se rinde, y se deja respirar en sus labios.