lunes, 26 de abril de 2021

ARRABALES, ARREBOLES









Bajas del último bus en la última hora que te queda antes de que el último arrebol enfrente desaparezca tras las ruinas de la vieja fábrica. El camino serpentea, resbala, otra vez hoy ha llovido. Sopla el viento, otra vez también. Ahí vienen los hijos de Ana con sus bicis y sus sonrisas de lado, en este mundo esquinado todo es o está de lado. Se te acercan los niños de siempre, los perros de siempre, las cucarachas y las ratas de siempre, saludas como siempre. De lado miras, por encima del hombro, al horizonte inclinado que ves todos los días. La respiración se alivia y se acompasa, es territorio conocido. 
Después de tantas horas, de tantos buses, de tantos metros, de tanta gente viva y muerta, parece que haya pasado mucho, muchísimo  más de un día. 
Aminoras el paso, parece que pienses en algo. Parece que pienses en mañana.
Parece que pienses que mañana y hoy van a ser muy parecidos, porque hoy siempre se parece mucho a ayer.
 Parece que pienses en que un día vas a dejar de pensar. A pasarte de largo tu casa, seguir hacia delante, mirar por encima del hombro el poblado, el barro, los restos de coches quemados y las filas infinitas de postes de la luz. 
Tu casa...
Y pasarte de largo tu tele con tu mismo programa favorito de ayer, y tu misma cena parecida a todas, ansiada con el mismo deseo gastado. Pasarte de largo las mismas ganas de llorar escondidas en el mismo rincón.
Todos tus rincones se parecen demasiado.
Atravesar los descampados como quien se ha atrevido a echar a andar por el desierto a lo bobo, sin mirar atrás, ni mirar de lado. O mirar sin ver, quedarte ciega viendo y no  parar hasta alcanzar aquel otro lugar del que te hablaron una vez, dónde nada se parece.