lunes, 4 de junio de 2018

CUNETAS










Las nubes ofrecen tregua, y la acepto. Salgo pitando con el perro, el perro más pitando que yo, en la esquina freno para que no se embale. Cruzamos la rotonda de la esquina y ya nos metemos en el paseo. Un recorrido habitual, algo temerario, pues solo hay una acera estrecha, y los coches pasan a toda hostia. 
Y,  de pronto, el recorrido habitual se vuelve extraordinario. De un par de días acá, todas las cunetas se han llenado de flores. Son amapolas, malvas, margaritas...El amarillo, el rojo, y el morado inundan los márgenes de la inacabable carretera. Pasamos cerca del colegio, esquivándolo. Los niños chillan igual que las urracas que nos siguen. La hierba está muy alta. Todas las plantas están muy altas. Un cigüeña posada en el tejado del chalet solitario levanta el vuelo. Nos mira desde arriba mientras planea como un ángel que se ha adueñado del tiempo.

A lo lejos aparece él. Lleva el mismo chaleco verde y sobado con muchos bolsos, todos llenos y abultados. Me saluda como todos los días, me guiña un ojo y me pregunta dónde voy, me avisa de que el viento anuncia tormenta; una golosina para el perro aparece por arte de magia en su mano, el perro la coge con cuidado y se la come. No come nada de nadie. Excepto de él. Vive en la cuneta desde hace mucho, nadie se mete con él, y él no se mete con nadie. Tiene un ojo de cristal, y vive de la misericordia humana, como él dice con mucha ironía. Me repite la misma frase que otros días"...aprende a dar pena como los gatos callejeros, morena clara...y desconfía de gente como yo.." Saco dos monedas de dos euros y dos cigarros pero, como siempre,  sólo me coge uno de cada. Se despide con un chasquido estremecedor que sabe hacer con los dos  dedos tullidos de la mano izquierda.

El perro da un tirón cada vez que pasa un coche muy deprisa, yo maldigo. Pero se me pasa al poner los ojos en las flores. Vemos a lo lejos a  Sara. 
Sara es rara. No le gusta hablar. Sólo se acerca, sonríe de vez en cuando; luego se para y da la vuelta.  Vuelve a acercarse y parece que se ríe. Disimula y se pone a coger unas cuantas flores y otras plantas, las guarda en una bolsa de plástico. Pasamos de largo, ella continúa su ritual de giros y vueltas, de idas y venidas.

De regreso los niños ya se han ido del colegio, y las urracas ya no chillan. Vuelvo a verle; me pregunta si he visto a la loca, le digo que sí, y se ríe muy alto. 
" Que bonitas están las cunetas este año...", me da por decirle. Sonríe y su mirada de cristal se vuelve tierna por un momento...Al segundo siguiente contesta socarrón y revenido:
"Es que están muy bien abonadas, las muy putas republicanas...y este año ha llovido a cántaros"

Retumba un trueno en el asfalto recalentado y comienza a llover. Aprieto el paso. Humo vuelve en sí, y se pone muy contento : la calle está desierta, sólo quedan las cigüeñas, el viento moviendo los colores y, además, volvemos a casa.