En aquel tejado roto, rendido entre la bruma
el musgo había crecido
de la ausencia, del estío;
en sietes días mojados.
Aquel verde tendido entre la tarde y tú
con un pedazo de cielo marchito pegado encima
y por abajo la realidad incrustada
en forma de muro, de frontera
decadente y rabiosa.
Medio metro de vida brillante, húmeda
navega entre los restos de domingo.
Un domingo que se agota y no da paso a más.
A nada, quizás.
La misma pared, ese confín inescrutable.
Siempre tu mano tirando de la mía
la mía parida por la tuya
a dónde se pueden recoger
aquellas estrellas que caen para un deseo.
Vi toda la vida que das, y la que ofreces.
A la eternidad. A mi, y a todos.
Toda, radiante y sola en aquel musgo.
Y sólo allí.
Y todos los otoños atrapados
Brillando, viviendo,
bebiendo gotas invisibles
que estallaban, sin sonar,
en el murmullo ajeno y gris de la gente de domingo.
Entre esa vulgaridad que alumbra, a veces
un recuerdo inmaculado.
