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Hace mucho tiempo no te veo. Ni te siento ni te huelo, ni te escucho.
Recuerdo tu azul: abrazando todos los colores. Todo ese maldito tiempo, sea, que no tocas mi mano buscándote entre el viento y un horizonte oblicuo que, no sé si era sin querer o queriendo un poco, yo miraba de reojo.
Sí vino, sin embargo, la lluvia a verme. A buscarme sólo a mi. Estuvo cantando frente a mi ventana toda la tarde y toda la noche; inimitable y sencilla melodía, suave, decadente, acariciando las baldosas sucias y brillantes, acariciando las plantas, la noche, los bordes rotos de las ventanas. Esa que tratas de atrapar y eche raíz en la memoria.
Y es tan difícil guardar bien los matices. Dónde una gota nace muere otra. Todas se abrazan abajo, en charcos plateados, en los ápices de la hierba aún fresca, viva. Son dos mundos de agua que se encuentran, se hacen uno. Esa lluvia suave viene a verme sólo una vez, solamente a mi, y ya no existe más.
Si pudiera volar y el viento soplara a mi favor, todos los otoños serían azules como tú; en todos llovería despacio; todos se acordarían; nunca estarían solos.
Esa soledad que tanto amamos los que decimos que somos solitarios es mentira. La que es verdad muerde y desgarra, nunca recuerda y no tiene color, ni siquiera suena a nada.
Si pudiera volar aún con el viento en mi contra, llegaría a ti, agotada como la golondrina de Wilde, yacería en tu orilla con mis alas cargadas de pasado, me llevarías contigo para siempre hacia ese horizonte torcido; añil, vencido.
Después, quizás lloviera. Suavemente, sobre tu piel de agua, de espuma y sal. Una y otra vez.
Lloviera, quizás, sobre todas las lágrimas. Sobre todas las memorias.
