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lunes, 6 de septiembre de 2021

TODO MAL

 




Decir por decir, hacer por hacer, volver a repetir lo mismo de una manera mucho peor. Cómo tiene que ser mi coma y mi argumento. No. No me lo digas, no quiero saberlo, no importa saberlo, no quiero oírlo, no importa oírlo ni dejar de hacerlo. No. No uses un no en nombre de un sí, no puede prostituirse un no, o sí, porque dónde dice sí es no y dónde dice no es sí, por lo visto, o por lo visto no, o también. Cómo tiene que ser mi foto mal hecha, ni mi lluvia ni mi luna indiferente, descarada, desde ahí arriba pasa de mi igual que de ti, así que no, no me lo digas, ni me escribas ni me sigas ni me mires, y si me miras hazlo mejor, desde dónde puedas verme, que se puede ser así, como tú eres pero no, hasta para mirar: y no ver nada, que no estoy dónde piensas ni soy, ni existo, sólo estoy mal escribiendo, que es lo mismo que escribiendo mal, o ... no. Puede que no, que haya un matiz en decir lo mismo pero al revés, o que no lo haya, pero no importe. Y aún así lo busques, y lo vuelvas a perder, sin haberlo encontrado, buscas donde no es, está donde no te dije, te lo conté mal, porque lo hice todo mal, mi foto, mi culpa, mis espacios, mi relato. Mi lluvia otra vez, que ni siquiera es mía, mi noche y mi ventana. Todo mal y todo nada, puse mal mi canción también.









martes, 24 de agosto de 2021

INERCIA




 
Para escribir en son de paz:
dar cien vueltas sin contarlas
en el bosque que imagina
en el salón.
Van tocando sus manos
esto y aquello
cosas que habitan una casa
moviéndolas de un sitio a otro
como si así se moviera
el tiempo que pasó
o el que ya no vuelve
que no sabe si es el mismo,
o sí lo sabe
y no es.
Las cosas de las casas hablan o gritan,
cantan
hoy tocó a las mudas.
Los pasos van y vienen
y van
con la música a otra parte
del pasillo a la terraza y de aquí al pasillo
aunque es el mismo aire comprimido
el que penetra en los pulmones
y vuelve a salir, y a entrar,
y a salir.
Si parase de golpe la tierra de girar
y todo frenara en seco
entonces un ojo también seco se abriría
como acabado de nacer
al ver todas las cosas
saltar,  suspendidas
en el aire que acaba de exhalar
y ya no hay tiempo ni sitio
al que haya que volver
Revienta, y revienta ahora
estallan las ventanas y son sol
derrumban las paredes y son árbol
se quiebran los techos y son cielo
explotan los grifos y son fuente.
Quedando sólo lo torcido, lo roto y lo rasgado,
que es nuevo, nace, se engendra ahora,
y ahora sí.
Vuelve a dar cien vueltas sin contarlas
a un salón que ya es desierto
moviendo cosas, tragando un aire arcaico,
el ojo seco escribe
algo que no importa,
ni se entiende,
en son de paz.







sábado, 5 de junio de 2021

DE BARRO

 



Por cada "no me importa" que me escupes, cruzo un puente. Por cada puente nuevo que cruzo, descubro otra tierra mía. En cada tierra mía crecen flores amarillas que me esperan. "No me importas", me dicen al llegar. Con todos los no me importas de las flores amarillas construyo mi casa. 


Esta es mi casa. No tiene puerta ni hogar ni llave ni tejado. Es sólo una ventana que tendrás que imaginarte. Imagínatela vieja, imagínatela abierta, imagínate una grieta que parte de su alféizar, atraviesa el barro compactado y llega al suelo, imagínate la hiedra y el musgo casi seco que la cubre. Imagínate la oscuridad a su través. El interior. De cientos de años negro; frío, devastado.

 

Pero de cientos de atardeceres de verano  y molinos de agua, cientos de despertares arropados por sus sábanas blancas, el canto del jilguero y los rayos de luz que entran inclinados por la ventana hasta impactar en los ojos aún tan limpios. Cientos de tardes hechas de manos de madre tejiendo el tiempo, estirándolo, bordándole iniciales, doblándolo y guardándolo en ese arcón secreto que tienen las madres, cualquier madre, madre de cualquiera y de cualquier cosa. 

Puedes entrar a mi casa cuando quieras, quedarte en ella, hacerla tuya, pero no puedes cambiarla.


Por cada "no" que me arrojaste, eché a correr y salté al vacío. Y el vacío estaba lleno y tú no lo sabías.

 

Mientras vuelo te veo abajo, paralizado, quizás queriendo haber venido. Por cada segundo que te miro hay una estrella. Y  todas brillan y todas están muertas. 


Y por cada estrella muerta que brilla hay una casa que sólo es una ventana de barro suspendida entre tú allí y mi aquí, enfrente. Y una vez, nos tocamos con los ojos.






 



 








sábado, 8 de agosto de 2020

PRESBICIA








“Esta eres tú, los ojos cerrados, bajo la lluvia. Nunca imaginaste que harías algo así, nunca te habías visto como… no sé como describirlo, como una de esas personas a las que le gusta la luna o que pasan  horas contemplando el mar o una puesta de sol. Seguro que sabes de qué gente estoy hablando… o tal vez no. Da igual, a ti te gusta estar así, desafiando al frío, sintiendo como el agua empapa tu camiseta y te moja la piel, y notar como la tierra se vuelve mullida bajo tus pies  y el olor, y el sonido de la  lluvia al golpear las hojas. Todas esas cosas que dicen los libros que no has leido. Esta eres tú, quién lo iba a decir… tú.”

(Mi vida sin mi)


 

 No hago más que limpiar las gafas, cuando parece que ya están perfectamente transparentes me las pongo de nuevo, y no: esa niebla no desaparece.

Tengo muchas gafas de presbicia. Unas buenas que nunca uso, las perdería. Y un montón de gafas de mierda que podría perder tranquilamente, pero nunca se pierden del todo a pesar de que tampoco nunca las encuentro, ni se rompen. Son todas distintas, y todas están mal graduadas.  Así que tiene mucho más mérito del que parece que pueda ver una mariposa, o que pueda seguir escribiendo. Presbicia. Nada más que eso, y nada menos, a mis ojos perfectos y eficaces les toca ahora descifrar, mirar, ver detrás de toda esa persistente niebla.

Cuando abrí aquel día la puerta y regresé al mundo, el mundo seguía allí como si nunca hubiera dejado de estar yo en él. Menos mal que de lejos veo perfectamente, o no hubiera creído que el cielo seguía allí, igual de azul; el agua, las piedras y las flores. Todo como si nunca nadie hubiéramos faltado, o como que nunca hubiera estado nadie.

Disfruté del mundo como si fuera el primer día que lo pisaba. Él pareció implicarse en esa felicidad buscada, mucho más reconfortante que la que te encuentras por el camino, sí, ahora lo sé; la eliges. Es una felicidad libre.

Lo primero que hice fue ir a regar mi jardín nuevo. Lo encontré a punto de morir de sed. Y desde él, me fijé en el viejo. Están uno al lado de otro, de hecho creo que deben ser el mismo jardín, la diferencia debo habérmela imaginado. Me fijé más, esta vez. Entonces te vi: entre los hierros oxidados del viejo Patrol aparcado en una esquina, de baja temporal; no quise deshacerme de él del todo. Nunca te deshaces del todo de lo que crees que eres. Me acerqué y me fijé en la vieja tapicería gris claro, increíblemente limpia, el volante con las telarañas, la parte de atrás... dónde viajabas tú. El pequeño cenicero con imán y unas cuantas cintas de Tom Petty tiradas en un asiento. Estaba todo allí. Pero sobre todo, tú. 

Había perdido tanto tiempo buscándote, y tan lejos. Tuve que caminar horas, y días y meses entre los montes de escobas amarillas, subir las colinas en un verano que pareció invierno y mirar muy lejos, hacia el horizonte. Buscarte. Llamarte. Quedarme esperando. Pareciera a veces que vinieras a mi lado, despistándome para gastarme una broma. Volvía muy rápido la cabeza para sorprenderte. Y no.

 No estabas.

Me centré de nuevo en lo viejo y sí!...Te encontré también en los Lirios de la esquina, los que trajimos de aquel valle agostado y plantamos juntos aquí. Llevan años esperando a que los trasplante a un lugar de honor en lo nuevo, y aún no lo he hecho. Cada año vuelven a florecer en ese rincón gastado, apretados, relegados, como castigados por algo, puede que por haberse quedado conmigo y no haber muerto. 

Regresé también al hayedo de las mariposas, el único que es nuestro; y acerté. Te vi ya nada más llegar, frente a mi, en un claro giraban en el aire miles de mariposas en una espiral de luz y colores imposibles. Nuestro paraíso secreto seguía intacto, con su arroyo, con sus árboles centenarios y retorcidos, pude reconocer hasta la última piedra. Y eso no es tan fácil. Nuestro paraíso seguía allí porque era secreto. Prohibido.  Sentí que debería ser prohibido incluso para mí. Y pensé que alguien, por caridad, debería prohibirme de una vez por todas estar siempre volviendo.

Cuando pude por fin tornar al mundo, me recibió tan amablemente, con toda esa belleza...Fui feliz y también culpable. Miré nerviosa alrededor y sentí un momento mucha rabia. ¿Dónde estaban las respuestas? ¿Para qué, si no, todo? 

No había ninguna. No las habrá nunca, no existen, ni  han existido jamás. Dijiste, sonriendo, me lo dijiste. 

Sólo estábamos el mundo y yo. El cielo y yo. El viento y yo. El bosque y yo. Solos, y contigo: Tú, en aquel reducto antiguo sobre el musgo. Me acerqué a mirar de cerca, mucho más de cerca, no necesité mis gafas. Nos quedamos juntos mirando, forzando la vista hasta sangrar y ver tras esa puta niebla, y todo estaba allí: que hermoso era lo inútil, lo inservible, lo ignorado. Todo eso que no importa. Que no tuvimos que aprender, que no tenemos que guardar, que no tendremos que olvidar.




viernes, 17 de abril de 2020

VENTANAS













"Una sombra en la ventana mira otras sombras; parecen cosas. Una silueta con forma de alguien respira apoyada en el alféizar blanco y frío, formando el único cuadro de la única sala de esta noche.
Me miran las cosas, parecen sombras.
Y ya no huelo a dentro. Huelo a fuera y al humo de la leña que ya ardió. 
Un recuerdo huérfano cobijado bajo el canto inmaculado del autillo. Soy lo que pasó. Las flores que  ya no tapizan la maceta, cada gato que no ha vuelto.
Arriba brilla una estrella muerta. Abajo, la luz de las farolas se ahoga en los charcos escuálidos de enfrente. Y ya no llueve. " (Nocturna)





Mi última entrada parece hoy una premonición, aunque ahora sí llueve, y yo no creo mucho en premoniciones. Y no ha dejado de llover.
Recuerdo que, no hace tanto, fui a dar un paseo por mi ciudad, de esos paseos que lo son, cuando no vas a ningún sitio. Estaba yo ese día decepcionada por algo, no recuerdo qué; hacía sol, la calle estaba llena de gente contenta. Pero de repente, todos me parecieron cadáveres. Y todos tan iguales. Muertos viviendo. Trozos de carne, piel, pelo, vísceras...Cosas, casi. Se mueven, pero no hacia algún lugar, se ríen pero de nada. Hablan y hablan, hacen gestos, portan bolsos, llevan compras, comen helados. La larga avenida abarrotada me pareció de golpe un cementerio inmenso. No sé porqué pensé eso, y me preocupó, pero al mismo tiempo, una extraña sensación de calma  alivió mi pena. Luego, lo olvidé. Hasta hoy.

Después, pasó todo. Aún estoy asimilando qué es lo que ha ocurrido en eso que llamamos realidad, buscando un porqué al cómo, al dónde, intentando que el peso de todas esas preposiciones no me hunda del todo; que no me abandonen también todas las palabras, aferrarme a tan solo una que se haya quedado cerca.
 Uno de mis consuelos son las flores. Parece que lloren conmigo, aunque sé que sólo son unas pocas y audaces gotas de lluvia que han huido hacía unos pétalos. Sus colores y su escandaloso silencio me distraen de tanto ruido, de tantos muertos, y de tantos muertos vivientes tan iguales.

El otro día soñé: 

Que salía, por fin. En la calle había solo perros y niños. Solos. Y yo, por supuesto. Me parecieron tan vivos, y había tanta luz...
Me habían dado un permiso especial las autoridades por "riesgo grave de locura", ponía el papel. "Si pasaba un guardia y me preguntaba qué hacía allí, tendría que enseñárselo", me dijeron. Al fin y al cabo sólo llamé a la policía porque había un grupo en el patio, de noche, sin mascarillas ni nada, reunidos, y comiéndose la comida que, yo, había tirado a un gato. Qué más da si eran babosas, o no eran babosas...Era un grupo y sin distancia de seguridad. Menos mal que en vez de regañarme o multarme, esos cabales y atentos  agentes me dieron ese certificado. Sellado y todo.
Yo paseaba orgullosa con mi papelito, bien guardado en un bolsillo, entre todos esos perros y todos esos niños, imaginándome historias de espías y salvoconductos, de callejones estrechos y farolas a medio gas, de contraseñas...algo sobre lo que escribir cuando volvieran las musas.
"Escribe, escribe...", me decían. Pero las musas habían muerto. No quería decírselo, les contaba alguna mentira piadosa..."sólo están en cuarentena, volverán; no os preocupéis. Hay respiradores para todas, y aún son jóvenes...". Y se lo creían. Me daba pena decirles que la verdad. Que se ahogaban, que todas eran muy ancianas, tanto como su estirpe. 
A la hora del aplauso y las canciones de verbena nos escondíamos a casa. Los perros, los niños y yo. Llevábamos todos un ramito pequeño de flores silvestres amarillas que habíamos cogido para los que no podían salir. No las desinfectábamos, eran inmunes. Y cuando se marchitaban, en vez de tirarlas a la basura, con mucho cuidado, las tomábamos en las manos y desde las ventanas, las lanzábamos al viento, que esparcía su polen y sus pétalos dorados, y las mirábamos volar y volar como pájaros hacia ese mundo vacío y lluvioso. "Por si algún día".







**TE ECHO DE MENOS





















martes, 25 de febrero de 2020

NOCTURNA




Una sombra en la ventana mira otras sombras; parecen cosas. Una silueta con forma de alguien respira apoyada en el alféizar blanco y frío, formando el único cuadro de la única sala de esta noche.
Me miran las cosas, parecen sombras.
Y ya no huelo a dentro. Huelo a fuera y al humo de la leña que ya ardió. 
Un recuerdo huérfano cobijado bajo el canto inmaculado del autillo. Soy lo que pasó. Las flores que  ya no tapizan la maceta, cada gato que no ha vuelto.
Arriba brilla una estrella muerta. Abajo, la luz de las farolas se ahoga en los charcos escuálidos de enfrente. Y ya no llueve.







martes, 28 de enero de 2020

NOSTALGIA O SOLEDAD



Llega el último barco de esta tarde mientras llueve. Una chica en una esquina se agacha y se arriesga a tocar el suelo manchado de realidad con su rodilla para hacerle una foto a una gaviota. Están las dos solas, cada una en una esquina de un cuadrado imaginario. El puerto huele a sal y nostalgia. 
Pero no fue así como ocurrió...

El suelo mojado de la noche refleja la vida de una forma casi perfecta: sólo se ven las gotas caer dónde llega la luz amarillenta de las farolas; una de ellas está fundida y titubea, el pulso de luz que aún le queda es constante y rápido, como el de un corazón que quiere vivir.
No...tampoco ocurrió así.




No era de noche aún cuando llegó la gaviota, ni llovía.  Se posó tranquila a acicalarse las plumas a la orilla del muro. El puerto olía como huelen todos los lugares de dónde nunca quieres irte, o a dónde  siempre quieres volver; a sal y nostalgia, a cruce de caminos, despedidas y comienzos. A mar.
Te hice una foto, quizás dos. Y nos quedamos solas, extraña y asombrosamente solas en aquel metro cuadrado de hormigón, sin temer nada la una de la otra, mirando al agua, oyendo el agua, oliendo el agua. 
Un tiempo después volví a verte. No olía ya a mar ni sonaba igual el agua: llovía, hace mucho tiempo que llovía. Era por fin  de noche, y sólo se veía moverse la vida un poco en los reflejos naranjas y alargados que la luz roída e intermitente de las farolas dejaba derramados en un cemento gastado. Atravesabas un cielo morado, opaco. Tú allí, yo aquí, nos miramos un momento y nos vimos de nuevo tan extrañamente solas, mucho más que la primera vez. Solas, la una de la otra. 






miércoles, 22 de enero de 2020

EL LOBO TRANQUILO



Hoy no hay que hacer ninguna gestión. Ningún papel en la carpeta, ninguna carpeta. Caminas por la ciudad tranquilamente, como a ti te gusta y, aunque no te guste la ciudad, no lo parece. Tus botas camperas negras y puntiagudas llaman la atención. Tú llamas la atención. De haber sabido que haría este calor, no habrías puesto la chaqueta. Te la quitas y te la echas al hombro. La gente parece que va helada, y no entiendes porqué. 
 Para ti es tan natural que te miren desde abajo que no te das cuenta de lo injusta que les parece a los demás la vida cuando lo hacen. Los demás: esos que pululan alrededor tuyo como moscas desorientadas, buscando panales de miel en invierno. Para ti no existe el concepto "los demás", te lo impongo yo mientras te hago caminar despacio, parándote en los escaparates de cacharros, de móviles, de llaves y martillos, de cosas para los coches, de camisetas enanas y demasiado cortas.
Caes bien. Te gusta hablar, aunque eres tímido; y perder el tiempo creyendo que lo ganas. Te gusta el día de descanso y la gente, a veces, también. Casi siempre, mejor dicho. Te gusta casi todo porque no tiene porqué ser de otra manera.
No como a mi, que te sigo y te dibujo al mismo tiempo. Que no me gusta casi nada porque no sé cómo es la otra manera.
Te paro ahora un momento a saludar a una chica que conoces. Es guapa, es simpática. Charláis un rato y le cuentas un anécdota que a ella le importa un pimiento, aunque se ríe y te escucha, y te escucha y se vuelve a reír.
Todos esos demás saben muchas cosas de ti, pero ninguna. Porque esa ninguna no te la han preguntado nunca. Bueno, una vez sí; te la pregunté yo. Y te quedaste, y yo no me fui.
Tu paseo continúa porque no tiene porqué ser de otra manera, y me metes prisa: cruzas la calle en rojo porque no pasan coches, y no tienes porqué esperar. Y si tuvieras que esperar, lo harías. Porque tú, sabes esperar como nadie de todos esos demás sabe. Al fin te alcanzo y ya estás charlando otra vez, conoces a tanta gente como la que desconozco yo. Te pregunto: ¿quién era?...y me contestas, fulanito o menganita, pero no sabes más, no me respondes a todo lo que quiero saber y te hace gracia mi curiosidad. Yo, sin embargo, conozco casi todo de los pocos demás que conozco, pero no sé nada de ellos, y si alguna vez lo supe, quise volver al principio y desaprenderlo.
Decido que tomes un café en una terraza preciosa del centro, cerca ya del coche. Cuidadosamente posas la chaqueta en una silla y te sientas en la de al lado. Miras el móvil un momento y lo dejas  encima de la mesa, de salvapantallas tienes puesto un lobo tranquilo y solitario, quizás nostálgico de algo. Te pides dos cafés solos porque si te pides uno doble, te ponen doble de agua, no de café. Siempre pasa lo mismo con el café, y te hace gracia que no lo entiendan. Se lo explicas al camarero y él sonríe.
Decido tomarme un café a tu lado. Como siempre, no le pido dos azucarillos porque no entiendo que sólo pongan uno; se lo pido luego y a mi no me hace gracia, y al camarero tampoco; me enfada, y a ti te gracia que me enfade, y reímos juntos por cosas distintas que son la misma para ti y para mí, y ya no me da tiempo a decidir qué pasará luego. Además, no puedo. Porque el concepto de "luego" es como el de "los demás", para ti, no importa. Y no tiene porqué ser de otra manera.








jueves, 26 de abril de 2018

ESTA CLASE DE HISTORIAS







Primero tendrías que buscar un escenario. Puedes construirlo, también; cómo prefieras. Eres muy capaz, si superas los que yo te he legado, de todas formas, ni se darán cuenta.
Y los protagonistas. Ellos van a vivir en primera persona e intensamente tu historia. Has de ser muy bondadosa. Elige bien. Cada uno de ellos tendrá sólo una oportunidad. Y cada uno de ellos, influirá decisivamente en la suerte de su semejante. De su compañero. O de su rival.
Por supuesto, el argumento. El tema está claro. No hay otro. Pero el argumento...Aquí has de ser perfecta. Ni genial, ni única, ni tan siquiera especial. Pero sí perfecta. 
Pon cuidado en la banda sonora. Mucho. Si dudas, ya sabes; que sea de amor. Y si es de amor, ya sabes...que sea en francés.
Por último, tendrás que seleccionar lo más importante de tu historia. Los secundarios. Sí... no me pongas caras...
...Verás, Eva: en esta clase de historias, los actores secundarios son el motor y el alimento. Ellos son los que verdaderamente tomarán decisiones, los que se equivocarán constantemente, los que harán girar el guión inesperadamente y transformarán tu relato muerto y calculado en otro con luces y sombras auténticas, con estrellas, lunas, lluvia, sonrisas, llantos, niebla. Con lo que ellos viven como alegrías o tristezas, éxitos y fracasos, felicidad y sufrimiento, anhelos, despedidas, descubrimientos... Esos "grises" segundones, esos eternos perdedores, llevarán de la mano a tus asépticos, ingeniosos, incólumes e indolentes protagonistas hacia una aventura impensable. En su eterna búsqueda de sí mismos, serán ellos los que parirán la vida




Hola a todos, después de un descanso se intentará volver a estar por aquí...Espero ponerme al día y leer y comentar, muchas gracias por esperarme y gracias a la primavera por sacarme a empujones de la niebla.
Un beso;)