Bajas del último bus en la última hora que te queda antes de que el último arrebol enfrente desaparezca tras las ruinas de la vieja fábrica. El camino serpentea, resbala, otra vez hoy ha llovido. Sopla el viento, otra vez también. Ahí vienen los hijos de Ana con sus bicis y sus sonrisas de lado, en este mundo esquinado todo es o está de lado. Se te acercan los niños de siempre, los perros de siempre, las cucarachas y las ratas de siempre, saludas como siempre. De lado miras, por encima del hombro, al horizonte inclinado que ves todos los días. La respiración se alivia y se acompasa, es territorio conocido.
Después de tantas horas, de tantos buses, de tantos metros, de tanta gente viva y muerta, parece que haya pasado mucho, muchísimo más de un día.
Aminoras el paso, parece que pienses en algo. Parece que pienses en mañana.
Parece que pienses que mañana y hoy van a ser muy parecidos, porque hoy siempre se parece mucho a ayer.
Parece que pienses en que un día vas a dejar de pensar. A pasarte de largo tu casa, seguir hacia delante, mirar por encima del hombro el poblado, el barro, los restos de coches quemados y las filas infinitas de postes de la luz.
Tu casa...
Y pasarte de largo tu tele con tu mismo programa favorito de ayer, y tu misma cena parecida a todas, ansiada con el mismo deseo gastado. Pasarte de largo las mismas ganas de llorar escondidas en el mismo rincón.
Todos tus rincones se parecen demasiado.
Atravesar los descampados como quien se ha atrevido a echar a andar por el desierto a lo bobo, sin mirar atrás, ni mirar de lado. O mirar sin ver, quedarte ciega viendo y no parar hasta alcanzar aquel otro lugar del que te hablaron una vez, dónde nada se parece.
"Una sombra en la ventana mira otras sombras; parecen cosas. Una silueta con forma de alguien respira apoyada en el alféizar blanco y frío, formando el único cuadro de la única sala de esta noche.
Me miran las cosas, parecen sombras.
Y ya no huelo a dentro. Huelo a fuera y al humo de la leña que ya ardió.
Un recuerdo huérfano cobijado bajo el canto inmaculado del autillo. Soy lo que pasó. Las flores que ya no tapizan la maceta, cada gato que no ha vuelto.
Arriba brilla una estrella muerta. Abajo, la luz de las farolas se ahoga en los charcos escuálidos de enfrente. Y ya no llueve. " (Nocturna)
Mi última entrada parece hoy una premonición, aunque ahora sí llueve, y yo no creo mucho en premoniciones. Y no ha dejado de llover.
Recuerdo que, no hace tanto, fui a dar un paseo por mi ciudad, de esos paseos que lo son, cuando no vas a ningún sitio. Estaba yo ese día decepcionada por algo, no recuerdo qué; hacía sol, la calle estaba llena de gente contenta. Pero de repente, todos me parecieron cadáveres. Y todos tan iguales. Muertos viviendo. Trozos de carne, piel, pelo, vísceras...Cosas, casi. Se mueven, pero no hacia algún lugar, se ríen pero de nada. Hablan y hablan, hacen gestos, portan bolsos, llevan compras, comen helados. La larga avenida abarrotada me pareció de golpe un cementerio inmenso. No sé porqué pensé eso, y me preocupó, pero al mismo tiempo, una extraña sensación de calma alivió mi pena. Luego, lo olvidé. Hasta hoy.
Después, pasó todo. Aún estoy asimilando qué es lo que ha ocurrido en eso que llamamos realidad, buscando un porqué al cómo, al dónde, intentando que el peso de todas esas preposiciones no me hunda del todo; que no me abandonen también todas las palabras, aferrarme a tan solo una que se haya quedado cerca.
Uno de mis consuelos son las flores. Parece que lloren conmigo, aunque sé que sólo son unas pocas y audaces gotas de lluvia que han huido hacía unos pétalos. Sus colores y su escandaloso silencio me distraen de tanto ruido, de tantos muertos, y de tantos muertos vivientes tan iguales.
El otro día soñé:
Que salía, por fin. En la calle había solo perros y niños. Solos. Y yo, por supuesto. Me parecieron tan vivos, y había tanta luz...
Me habían dado un permiso especial las autoridades por "riesgo grave de locura", ponía el papel. "Si pasaba un guardia y me preguntaba qué hacía allí, tendría que enseñárselo", me dijeron. Al fin y al cabo sólo llamé a la policía porque había un grupo en el patio, de noche, sin mascarillas ni nada, reunidos, y comiéndose la comida que, yo, había tirado a un gato. Qué más da si eran babosas, o no eran babosas...Era un grupo y sin distancia de seguridad. Menos mal que en vez de regañarme o multarme, esos cabales y atentos agentes me dieron ese certificado. Sellado y todo.
Yo paseaba orgullosa con mi papelito, bien guardado en un bolsillo, entre todos esos perros y todos esos niños, imaginándome historias de espías y salvoconductos, de callejones estrechos y farolas a medio gas, de contraseñas...algo sobre lo que escribir cuando volvieran las musas.
"Escribe, escribe...", me decían. Pero las musas habían muerto. No quería decírselo, les contaba alguna mentira piadosa..."sólo están en cuarentena, volverán; no os preocupéis. Hay respiradores para todas, y aún son jóvenes...". Y se lo creían. Me daba pena decirles que la verdad. Que se ahogaban, que todas eran muy ancianas, tanto como su estirpe.
A la hora del aplauso y las canciones de verbena nos escondíamos a casa. Los perros, los niños y yo. Llevábamos todos un ramito pequeño de flores silvestres amarillas que habíamos cogido para los que no podían salir. No las desinfectábamos, eran inmunes. Y cuando se marchitaban, en vez de tirarlas a la basura, con mucho cuidado, las tomábamos en las manos y desde las ventanas, las lanzábamos al viento, que esparcía su polen y sus pétalos dorados, y las mirábamos volar y volar como pájaros hacia ese mundo vacío y lluvioso. "Por si algún día".